sábado, 29 de octubre de 2011

¿FRESAS EN OCTUBRE?

Un cubo con fresas recogidas en octubre.

La globalización comercial ha terminado con la estacionalidad de las frutas y verduras. Hoy podemos comer naranjas en agosto, uvas en abril y fresas en octubre. Sin embargo, hay defensores del consumo de frutas de temporada producidas cerca de casa. A cambio, aseguran, comeremos un alimento de mayor calidad, más sabroso, más barato y con menor coste ambiental.  

“Naranjas en agosto y uvas en abril”. El verso de ‘Sabor de amor’, canción de Danza Invisible, describe el lujo de comer ciertas frutas fuera de temporada, comparándolo con dar un beso al amado o amada. Y yo lo recordaba como una letanía la semana pasada mientras recogía fresas, ya que, si tenemos en cuenta que estamos en octubre, constituye un placer para los sentidos. Bueno, placer el comérselas, porque recogerlas ya es otro cantar. 
La cosecha de octubre es escasa.

La mayoría de los árboles y plantas frutales dan fruto una vez al año. Entonces, el agricultor lo recolecta, lo guarda, lo vende, lo distribuye y se olvida hasta el año siguiente. Pero la planta de la fresa presenta una característica que, al menos a mí, me resulta peculiar: cuando llega su época, está dando fruto continuamente. Recorres los surcos en su busca, llenas cubos y cubos y, a los pocos días, tienes más fresas. Incluso, en algunos casos, vuelve a regalarnos una nueva cosecha fuera de temporada, a principios del otoño. Eso sí, mucho menos copiosa: mientras en verano sacabas una talega, ahora en octubre apenas llenas una fuente.

Probablemente, la misma cantidad, una fuente de 400 gramos, vendían el otro día en el supermercado de unos grandes almacenes por 3,65 euros, o lo que es lo mismo, a 9,13 euros el kilo. Si tenemos en cuenta el esfuerzo empleado para recogerlas y la escasa oferta existente en este momento, se podría considerar un precio lógico. Pero es comprensible que el consumidor se eche las manos a la cabeza si se para a pensar que las dichosas fresas le cuestan casi lo mismo que unos filetes o algunos pescados.
       Comer fresas en octubre se convierte en un lujo, como comer naranjas en agosto y uvas en abril. Sin embargo, algunos pueden o les apetece permitírselo a cambio, claro está, de pagar más. Hace unos años era ciencia ficción, pero la globalización ha terminado con la estacionalidad y ha convertido algo impensable en una realidad. Así, no hace muchos años, vi cerezas en diciembre. Costaban 18 euros el kilo y procedían del Cono Sur de América. Es una ventaja para el consumidor, un derecho cumplido, que, sin embargo, tiene su contrapartida para nuestro bolsillo y para la conservación del planeta. 

En los años noventa, el profesor Tim Lang nos empezó a hablar del concepto de ‘Food Miles’ (‘Millas por Alimento’), el total de millas que un alimento recorre desde que es producido hasta que llega a nuestra mesa. Una forma de pensar que destaca el gasto en transporte que  tanto encarece nuestra cesta de la compra, y, sobre todo, el coste ambiental que tiene para la atmósfera un consumo de combustible tan elevado. Además, a más kilómetros recorridos, más sufre el alimento y más vitaminas pierde. También puede implicar un incumplimiento de los estándares de calidad al provenir de países donde es probable que apenas existan y conllevar una dependencia de abastecimiento que, en caso de un conflicto en el lugar de producción, nos deja sin suministro. La teoría tiene detractores, sobre todo entre los productores de países menos desarrollados, que consideran que es una forma de proteccionismo y de imponer barreras comerciales por parte del primer mundo.

        Los defensores del ‘Food Miles’ sugieren consumir frutas y verduras de temporada producidas cerca de casa. En una palabra, adaptarnos a la oferta del mercado en cada momento. Si bien es verdad que hay meses, como los de final del invierno y principios de la primavera, con menos variedad, siempre hay alguna fruta a la que hincar el diente. Por ejemplo, como aparece en la tabla al final del texto (realizada a partir de los datos de una asociación de consumidores), en este momento contamos con pera, uvas, kiwi, limón, mandarina, naranja, plátano y manzanas. Así que, en el mismo supermercado, curioseé en el estante de éstas últimas.
Estamos en la temporada de la manzana.

Había una cantidad de variedades enorme: dos tipos de Golden, Royal Gala, Ambrosia, Verde Doncella, Starsky, Pink Lady, Granny Smith, Reineta… Más baratas que las fresas, pero les aseguro que mucho más caras que en la frutería del barrio o el puesto de la plaza. A mí, personalmente, pagar 1,99 o, incluso, 3,95 euros por un kilo de manzanas me parece una tomadura de pelo. Pero comprendo que el transporte, el embalaje, el prestigio de marca y el marketing tienen su coste, y que en una gran ciudad la gente no tiene tiempo para comparar precios.

Sin embargo, lo más sorprendente no es lo que cuestan, sino su procedencia. Las había de Francia, Italia y hasta Chile, si bien muchas habían sido producidas en Aragón. Y no me extrañaría que las manzanas ‘mañas’ antes de llegar a nuestra cesta de la compra se hubieran dado unas cuantas vueltas por España, de una plataforma logística a otra, con el consiguiente encarecimiento de la mercancía.

         Cada cual que saque sus conclusiones y consuma lo que quiera y cuando quiera. Yo sólo les propongo que, si tienen tiempo, miren las etiquetas y comprueben de dónde proceden la fruta y la verdura que compran. Y, sobre todo, reflexionen. Porque en el mercado de proximidad, el kilo de manzana golden no pasa del euro. Mismamente, ayer en la plaza de León se podían encontrar a 59 céntimos. Usted mismo. 



Ene.
Febrero
Marzo
Abril
Mayo
Jun.
Julio
Ago.
Sep.
Oct.
Nov.

Dic.
Plátano
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Piña
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Aguacate





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Fresa

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Cereza




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Albaricoque




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Melocotón




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Nectarina




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Melón





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Sandía





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Ciruela





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Breva





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Higo






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Pera






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Manzana
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Uva








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Kiwi
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Limón
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Mandarina
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Naranja
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sábado, 22 de octubre de 2011

UN OTOÑO REZAGADO


Las hojas caídas, la única señal del otoño en nuestros paisajes.
Igual que Sabina se preguntaba “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, cabría preguntarse “¿Quién me ha robado octubre?”. En el primer mes enteramente otoñal, no ha caído ni una gota de agua y se han registrado unas temperaturas propias de julio. En el mes de la sementera del trigo, algunos agricultores no han tenido más remedio que sembrar en unas tierras secas como espartos, con el consiguiente trastorno personal y ambiental, y otros han decidido esperar a que caigan las primeras lluvias para mejorar el tempero.
Un tornado, aunque no tan pequeño.

Hasta hace poco yo pensaba que los tornados eran de gran radio de acción, potentes y devastadores. Sin embargo, recientemente vi uno con una espiral de diámetro no superior al metro y medio. Un simulacro de tornado; llamémosle tornadillo. Yo iba en el coche y no pude comprobar sus efectos: es decir, si tan minúsculo tornado podría llevarme por delante a mí o, quizá, a un cobertizo con tejado y todo.

Sin experimentarlos, pero bien aprendida la lección de que los mini-tornados existen (una auténtica mujer rural lo habría sabido), días después vi un torbellino de polvo similar al que levanta uno. Entonces, llena de razón y orgullosa de mi lento pero seguro aprendizaje rural, dije: “Es un tornado pequeño”. “Pues no”, me contestaron, señalándome un tractor que iba delante, levantando una polvareda tan espesa que casi lo ocultaba por completo.

La escasez de lluvia no sólo vacía los pantanos y amenaza el abastecimiento de agua, sino que está dejando secos como suelas los campos de Castilla y León y, probablemente, de buena parte de la península. El sol que nos ha acompañado durante prácticamente todo el mes de septiembre y de manera perenne en octubre anima el espíritu y nuestras ganas de salir y socializar, pero favorece muy poco a la agricultura.
 
Unos tractores dejan una estela de polvo tras de sí.
Octubre, sobre todo finales de octubre, es el mes de la siembra del cereal, concretamente del trigo. Pero para ello es conveniente contar con un buen tempero (según la RAE, tempero es “la sazón y buena disposición en que se halla la tierra para las sementeras y labores”). Octubre tradicionalmente trae lluvias, lo que da un cierto nivel de humedad a las tierras de labor, y  las tierras todavía mantienen el calor del verano. Ambos factores, cierta humedad y la temperatura templada del suelo, favorecen la germinación de la semilla. La lluvia excesiva anegaría el terreno y entorpecería la entrada de los tractores y aperos. El frío retrasaría en exceso la germinación.

Es difícil encontrar el punto justo porque entran en juego muchos factores, pero está claro que cierto grado de humedad evitaría las polvaredas. Pueden resultar desagradables para el desarrollo del su trabajo, pero en muchos casos al agricultor no le queda más remedio que seguir adelante con la sementera, esté como esté el terreno, si no quiere quedarse demasiado retrasado. Por otro lado, la falta de lluvias produce  boinas de polución sobre las ciudades, similares a la que suele coronar el cielo de Madrid. Los más observadores seguro que se han fijado en estos últimos días.
Un momento de la poda del nogal.


A la espera de que el frente norte traiga las primeras lluvias a la meseta, seguimos inmersos en un otoño raro, raro, raro. Ya lo fue el verano, que, en esta zona del norte de Zamora, trajo un adelanto generalizado del fruto: en julio ya no había cerezas; las ciruelas llegaron en julio; la vendimia fue a primeros de septiembre…

Y las nueces también se adelantaron. Así que a la espera de unas mejores condiciones climáticas que favorezcan la sementera, ha tocado podar el nogal. Esa sí es una tarea propia del otoño. Curiosamente, es recomendable sanear el árbol justo entre la caída del fruto y de la hoja. Esta regla no es generalizada para todos los frutales, pero sí es aconsejable para algunos, como el ciruelo, el cerezo o el melocotonero. Aunque en su caso la poda caerá en verano, no en otoño. Cuando el verano y el otoño no son raros como éste, ¡claro!     
El nogal y los restos de la poda.

viernes, 14 de octubre de 2011

Agricultor lunero no llena granero

La luna llena luce estos días en los campos de Castilla y León
Redonda, radiante y pudorosa, siempre ocultándonos una de sus caras, la luna llena de octubre se presenta en estos días en todo su esplendor. Desde tiempos inmemoriales, cantantes y trovadores hablan de ella como la más hermosa del año. También ha servido de guía meteorológica para los agricultores porque, según el refrán, “La luna de octubre siete lunas cubre, y si llueve, nueve”. Y aunque su magnetismo afecta a las mareas, a nuestro estado psíquico y mental, a los ciclos menstruales, a la gestación y al parto, y, en el caso que nos ocupa, a las labores agrarias, los meteorólogos ponen en duda que puedan achacarse a las fases lunares los cambios en el tiempo. 

      Una de las premisas a la hora de escribir este blog era que, en la medida de lo posible, se acompasase con los ritmos de las tareas agrícolas. Por eso hemos hablado de la vendimia en septiembre y la patata en octubre, cuando ambos frutos se recogen. Y por eso sería oportuno pararme ahora a analizar la idoneidad de las peonadas tras las recientes declaraciones de José Antonio Durán y Lleida, quien dijo que los jornaleros andaluces se pasan el día en el bar con el dinero del PER, o hablar de la reforma de la Política Agraria Común (PAC). Pero mientras me debatía entre la conveniencia de meterme en el siempre farragoso terreno de la política y ante la falta de tiempo para estudiar cómo Dios manda el nuevo marco europeo, se plantó ante de mis ojos una luna llena irresistible.

Un paisaje nevado en la provincia de León
      Me acordé de un refrán, “La luna de octubre siete lunas cubre”, que oí el año pasado y me llamó mucho la atención. Siempre según la creencia popular, la sentencia expresa que la meteorología de este mes marcará la de los siete siguientes, hasta bien entrada la primavera. Y empezó el lío porque no me ha quedado claro qué fase de la luna tiene que tomarse como referencia, pese a que he preguntado a muchas personas relacionadas de un modo u otro con el mundo agrario y he buscado información en libros e internet. Unos defienden que si nieva o llueve en la luna llena volverá a hacerlo coincidiendo con las lunas llenas de los siguientes siete meses; otros, que es la luna nueva; algunos, que seguirán cayendo precipitaciones siete semanas seguidas… Hay una cuarta versión, que implica una ligera modificación en la sentencia (“La nieve en octubre, siete lunas cubre”) y en su sentido: si nieva este mes, volverán a caer siete nevadas cada mes, hasta abril.
         Esta última versión de la sentencia popular me ha llegado desde León, donde dicen que hace dos años se cumplió. Puede ser una opción bastante probable que nieve a finales de octubre ya que, como dice otro refrán -bastante acertado- “En los Santos, la nieve por los altos”. Otra cosa será si se cumple la periodicidad mensual de las precipitaciones. A mí, con estos calores, un poco raros para el mes que estamos, la nieve me parece un espejismo lejano. Pero todo llegará, seguro. 


La poda debe hacerse en cuarto menguante
      Volviendo a lo que estábamos, a la luna, los científicos hablan de su influjo en las mareas, en la gestación de la mujer y en los partos, en el humor de las personas, en el estado de aquéllos que sufren desequilibrios psíquicos o mentales, en el comportamiento y biología de algunos animales e, incluso, en sus efectos sobre la atmósfera. Sobre ella ejerce la luna el efecto de la marea, con una doble oscilación diaria de la presión atmosférica. En este sentido, cerca de la costa son muy temidos los temporales con torrenciales lluvias, cuando coinciden con la pleamar y los ríos traen mucho caudal. La marea actúa de presa frente al desagüe del río y se desborda por sus orillas.
 
       Así nos lo recuerda Lorenzo García de Pedraza, meteorólogo recientemente fallecido que trabajó para el Ministerio de Agricultura, quien, como sus colegas, duda de la influencia de la luna sobre el tiempo. En el artículo ‘Verdades y fantasías sobre la luna’ explica a aquellos que atribuyen los cambios en la meteorología a las fases lunares, que “la única coincidencia pudiera ser que el paso de una familia de borrascas con nubes y temporal de lluvias dura de 5 a 7 días (sensiblemente la duración de una fase de luna).
Pero, por ejemplo, para una misma fase de luna, si cruzan borrascas próximas a Galicia, llueve allí con persistencia; mientras que por Levante y Baleares, con régimen anticiclónico, los cielos están despejados y no llueve”. Es decir, lo que en un punto de la península puede interpretarse como el resultado de un influjo, la explicación en otro lugar se cae por su propio peso.
      Si bien no hay que hacer demasiado caso a las previsiones meteorológicas basadas en los ciclos lunares, sí es recomendable no llevar la contraria al satélite en las labores y faenas del campo. Como explican desde antiguo los tratados de agricultura, deben hacerse en cuarto creciente todas aquellas que impliquen aumentar (la siembra o la plantación de árboles) y en menguante, las que impliquen quitar o menguar (arrancar, cortar, podar o recolectar).
La luna influye en la gestación de los corderos
      Por otro lado, la luna también condiciona la ganadería y la época de celo de muchos animales. Tradicionalmente, se cruzaban las ovejas durante el plenilunio cinco meses antes de la Navidad y la Pascua Florida para garantizar que los corderos nacieran en la época de mayor demanda.
       Y como hay refranes para todo, quizá más vale someterse a las fases y caprichos de la luna con tiento y cuidado si no queremos que el trabajo agrícola se vea entorpecido. Porque, recuerdo, “Agricultor lunero no llena granero”.
    

     


viernes, 7 de octubre de 2011

LA PATATA COTIZA EN BOLSA

Unos campesinos recogen patatas a mano en su huerta.



Frita es un manjar exquisito para los niños y es ingrediente indispensable de algunas de las más deliciosas recetas, entre ellas, uno de nuestros platos bandera: la tortilla española. Es un alimento básico en nuestra despensa y en nuestra dieta. Es barata, maridable, deliciosa y procede de América. Es la patata, sembrada en abril y que estos días comienza a cosecharse en nuestros campos. El precio por kilo que recibe el agricultor fluctúa como los valores en bolsa: el año pasado era 20 céntimos de euro, éste son 4 o 5 y el que viene, Dios dirá. Una situación que lleva a muchos de ellos a abandonar el cultivo y a otros, a cuestionarse para qué tanto gasto en tratamientos, maquinaria, gasoil, agua y tiempo. Además, de lo que ganará él, a los 82 céntimos que puede llegar a costar en el supermercado, va un mundo. Un margen de hasta un 1.600 % que es para romper a llorar (el agricultor) o echarse las manos a la cabeza (el consumidor).   

Portada de la revista Nature.
Junto con el trigo y el arroz, la patata es uno de los elementos básicos de nuestra dieta. En España no concebimos un día sin comer pan, mientras que en otros países no les cabe en la cabeza no probar el arroz o la patata. Éste último caso es el de Irlanda, que todavía se tambalea al recordar la Gran Hambruna que sufrió a finales de la primera mitad del siglo XIX. No hay registros exactos del número de personas que perecieron como consecuencia de los devastadores efectos sobre las cosechas del hongo Phytophthora infestans, pero se cuentan por millones de muertos. Y si se suman a los que por el mismo motivo huyeron en busca de una vida mejor hacia otros lugares, en especial, a Estados Unidos, podemos decir que Irlanda perdió más de una cuarta parte de su población.
La revista Nature publicó recientemente el trabajo de un consorcio científico internacional que consiguió descodificar el ADN de la patata, que, por cierto, tiene el doble de genes que el ser humano. La investigación permitirá la creación de nuevas variedades más nutritivas y más resistentes a las enfermedades. Entre estas plagas está el tizón tardío, rancha o mildiú, la misma que provocó la Gran Hambruna Irlandesa y sigue asolando las cosechas en países más desfavorecidos. Porque más de siglo y medio después de aquella tragedia europea, el mundo sigue sufriendo los efectos del hongo, dada su capacidad de mutar para adaptarse e imponerse a todos los fungicidas.

Un monumento recuerda en Dublín los devastadores efectos
de la Gran Hambruna Irlandesa.
Como causa de aquella hambruna, algunas fuentes citan no sólo la plaga devastadora, sino “los métodos inadecuados de cultivo” y “la ineficiente política económica” del Reino Unido. Hoy en día está resuelto o a punto de hacerlo el problema de las enfermedades de la patata y el agricultor cuenta con los medios humanos y técnicos necesarios para garantizar buenas producciones. Así que sólo cabe apuntar a la política agrícola para explicar cómo un profesional del campo puede recibir sólo 4 o 5 céntimos por kilo recogido, cuando se ha gastado lo mismo, o más, para producirla. Y a la factura del combustible, patata de siembra, abonos, fungicidas, nitrato y agua, hay que sumar la amortización de la maquinaria y la mano de obra.

Porque para producir el tubérculo hay que laborear la tierra, abonarla, laborearla de nuevo, sembrar, echar herbicida, nitrato y fungicidas, regar (en secano no, claro) y, finalmente, cosechar. Para concluir el ciclo, el agricultor necesitará remolques, tractor, cosechadora y manos firmes. Porque a diferencia de otros cultivos, que el agricultor puede realizar en solitario, aquí  necesitará mano de obra. Para cosechar una hectárea al día, harán falta al menos cuatro personas, durante una jornada de ocho horas, subidos a la máquina y seleccionando el fruto. Y eso, si no hay terrones y todo va como la seda. Vamos, que a estas alturas, la cuenta de saldos es mucho más abultada que la de ingresos.
Lo lamentable del caso es que los precios varían de un año para otro, algo así como los valores en bolsa. Y el que sabe de la falta de lógica económica del mercado bursátil, se dará cuenta de que decidirse por un cultivo u otro cuando empieza la temporada es una auténtica lotería. Porque el año pasado, el profesional del campo se las prometía muy felices, al menos en estas latitudes de Castilla y León, con un precio por kilo que rondó los 20 céntimos. Con estos mimbres, muchos agricultores se lanzaron a plantar y ahora se encontrarán con pérdidas. Vamos, que lo que el año pasado eran alegrías hoy son lamentos.

La cosecha exige numerosa maquinaria.
Y con estos resultados, muchos han abandonado el cultivo y otros lo acabarán haciendo. Es probable que lo más rentable sea producir lo justo para casa, porque con 5 kilos de patatas de siembra, con un coste de otros tantos euros, obtendrá en su huerto 500 kilos. Se evitará quebraderos de cabeza y se ahorrará entre 24 céntimos por kilo (el precio más barato encontrado en 3 establecimientos) y 82 (el más caro) que le costarían en el supermercado. El precio de mercado es barato si se tiene en cuenta la importancia que tiene este tubérculo para nuestra dieta y las hambrunas que su carencia causó y sigue causando, pero caro si tenemos en cuenta la recompensa para el hombre del campo.
¿Y quién se queda con los márgenes? Es la pregunta del millón. Los almacenistas que reciben el producto directamente del campesino aseguran no salir beneficiados y señalan más arriba en la cadena de distribución. Es probable que la patata que usted consume se haya producido al lado de su casa, pero haya viajado cientos de kilómetros hasta la plataforma logística de turno, para volver de nuevo a las estanterías de su supermercado de confianza. Un viaje absurdo que, sumado al marketing y a un ‘packaging’ probablemente más caro que el propio producto, suma ceros al precio de su tortilla de patata.