sábado, 21 de julio de 2012

Melocotón en almíbar



Ya hablamos de la conveniencia de consumir frutas de temporada que se producen en nuestro entorno próximo. Es una forma de propiciar la riqueza local, garantizar la  calidad de los productos, evitar consumos innecesarios de combustible para su transporte y, al ser cercanos y resultar más baratos, ahorrar unos eurillos en la cesta de la compra. Lo hicimos en octubre, un mes en el que por supuesto hay frutas y verduras de temporada -porque haberlas siempre las hay-, pero no en la cantidad y con la variedad en que se dan en este momento.

Porque el verano es un no parar, tanto para el consumidor, al que no le llega el día para consumir tantas frutas distintas, como para el hortelano, que no para de recoger. De abril a octubre, encadena una retahíla imparable de fresas, cerezas, albaricoques, melocotones, nectarinas, melones, sandías, ciruelas, brevas, higos, peras, manzanas hasta llegar a las uvas. Hay años mejores, en que todos los árboles y plantas le dan y le dan mucho; y años peores, en que alguna de las cosechas se malogra. Pero mal le tiene que ir la cosa para que alguna de las variedades no dé fruto. Y les aseguro que cuando llega, llega en aluvión y de repente. Así que no le queda otra que recogerlo, porque una tormenta o una helada a destiempo puede acabar con todo.


Los melocotones se pueden escaldar
durante unos minutos para pelarlos mejor.
Una vez cosechada, surge el problema de qué hacer con tanta fruta. No es nuevo. Desde antiguo, la humanidad ya ideó medidas de conservación, sobre todo para guardar alimentos para los meses en los que no hay tanta abundancia. He leído que los griegos descubrieron que recubriendo las frutas y algunas verduras con cera virgen se conservaban mejor. Con el mismo fin también añadían miel a frutas frescas, que cocían y depositaban en odres impermeabilizados con resinas.

Pero la gran revolución llegó con el invento de un confitero francés de finales del siglo XVIII y primeros del XIX, Nicolás Appert, que descubre que introduciendo los alimentos en el interior de un recipiente cerrado e hirviéndolos, se mantenían durante largos períodos de tiempo. Y es el método que, a grandes rasgos, hemos seguido muchas personas para elaborar conservas y dar salida a la cosecha, en nuestro caso, de melocotón.

También siguen este sistema otras muchas que expresamente compran fruta para elaborar su mermelada casera. A veces lo hacen por gusto y afición. De hecho, si buscan en el supermercado, como me pasó a mí, encontrarán mermeladas por el mismo precio de un tarro vacío de idéntico tamaño: algo más de 65 céntimos de euro. En fin, no sé si merece la pena el trabajo de limpiar y esterilizar los botes, pelar la fruta, tenerla al fuego durante varias horas, embotarla y poner al baño María. Y si encima tienen que comprar el material… Pero lo cierto es que sabrán lo que se llevan a la boca y aunque se gasten dinero, se ‘ahorrarán’ en conservantes E-…, que por muy autorizados que estén, cuantos menos, mejor.


Deshuesando, pelando y metiendo la fruta
en el bote. Luego se echa el almíbar.
Aparte de hacer mermelada, otra de las opciones es hacer melocotón en almíbar, elaborado con agua, azúcar y limón. Precisamente este cítrico se utiliza como conservante natural en las conservas caseras. Es, por tanto, imprescindible antes de ponernos manos a la obra. También azúcar. Aunque algunos recetarios indican una proporción mayor de edulcorante, yo bajaría la dosis para que no resulte tan dulce: de uno a cuatro, es decir, un kilo de azúcar por cada cuatro de melocotón. ¡Pero eso va en gustos!

Nosotros lo que sí hacemos es hervir las piezas de fruta durante 4 o 5 minutos para quitarles la piel mejor. Después de esta operación y de cortarlas en trozos, algunos libros de cocina sugieren que se dejen macerar con el azúcar durante varias horas. Evidentemente, cuanto más tiempo dure este proceso, menor tiempo de cocción necesitarán. Uno de los trucos es introducir varias pepitas de melocotón en la mezcla, que luego se quitarán para no llevarse sustos y evitar  visitas al dentista. También hay que tener cuidado de que no se pegue. Luego, sólo queda meter en botes y cocer al baño María. Cuenta la leyenda -y la Wikipedia- que su nombre se debe a su inventora, María la Judía, una afamada alquimista del siglo III que, con este método, intentó imitar las condiciones de la naturaleza para calentar lentamente mezclas de varias sustancias.

‘Voilá’. Ya tenemos mermelada para desayunar todo el año y melocotones en almíbar de postre. ¿Pensaban ustedes que el verano de algunos hombres del campo era pasarse de sol a sol regando y cosechando? Entre riego y riego, puede aprovechar el tiempo -y los excedentes de su cosecha- preparándose para el invierno. ¿No les suena a la fábula de la cigarra y la hormiga? 

viernes, 13 de julio de 2012

La vida en una granja de cerdos



El cerdo es un animal con connotaciones negativas: sucio, maloliente, siempre a rastras… Sin embargo, a los buenos comedores nos gusta todo del cerdo. Aunque suene a tópico, hasta los andares. Del jamón a la oreja, no hay nada desaprovechable, pese a que el médico nos limite su consumo. ¡Maldito colesterol!

Esta semana tuve la oportunidad de visitar una granja de madres. De ella no salen los gorrinos camino del matadero, sino pequeños lechones que, posteriormente, pasarán a otras granjas donde los criarán y engordarán para su consumo. Antes de entrar ya percibes el aroma que caracteriza a estos animales y que hace que, por el bien público, normalmente los criaderos estén alejados de los núcleos de población. Pero el propietario ya nos lo advirtió, «prohibido quejarse del mal olor», cansado del sambenito que acompaña a estos centros de producción ganadera. Es cierto, no nos engañemos: huelen mal. Pero no son los únicos. Aparte de algunos humanos, se me ocurren varios lugares de pestilente reputación. Sólo tres ejemplos: una planta de celulosa, una fábrica de antibióticos o alguna industria química. Sin embargo, aunque hay personas a las que les resulta insoportable trabajar o tan sólo visitar una granja, yo noté que cuando llevas un rato, ya casi ni percibes el olor.

El lazareto donde pasan la cuarentena.
 Lo primero que vimos fueron los lazaretos donde llegan las cerdas y permanecen en cuarentena. En el caso de la granja que yo visité, un par de meses. Este espacio transitorio permite que vayan haciéndose a su nueva casa y evita que introduzcan enfermedades del exterior.  Allí viven, en grupos. Y cada grupo ocupa un espacio separado, donde cuentan con su abrevadero, que se acciona con sólo apretarlo con el hocico, y comederos. Porque este espacio, como ocurre con el resto de la granja, está totalmente automatizado. Y la cantidad de alimento que reciben, perfectamente controlada y medida.


Todo está automatizado y perfectamente medido.
Cuando superan la cuarentena, pasan, sucesivamente, por las salas de inseminación, gestación y partos. Hoy en día las cerdas ya no permanecen estabuladas en un espacio estanco, probablemente la imagen que tenemos la mayoría de nosotros. La normativa europea de bienestar animal exige colocarlas en corrales comunes, que a su vez cuentan con espacios individuales donde las cerdas comen separadas del resto.


En estas granjas, las cerdas son inseminadas artificialmente, evidentemente con un semen selecto y con garantía de calidad. ¡Con los futuros jamones no se juega! Entonces habrá que esperar 3 meses, 3 semanas y 3 días, tiempo que dura la gestación de una cerda, hasta que nazcan los lechones. En ese momento pasan a la sala de partos, con espacios para cada hembra y su camada. Allí están separadas de los lechones por un mecanismo metálico que evita que los aplaste, pero que permite que puedan mamar. Aún así, alguno no encuentra hueco, pierde alguna toma y no consigue crecer como el resto. Eso hace que los demás, más grandes, se le adelanten. Ya se sabe, se impone la ley del más fuerte, hasta el punto de que doblan en tamaño a ese débil cochinillo de futuro incierto.


Un mecanismo protege a los cerdos, al
mismo tiempo que les permite mamar.
En la granja todo se mide por tres. A las tres semanas, los lechones pasan a otro habitáculo, la lechonera, ya sin mamá. Y pasadas otras tres, a otro… Y al final a la granja donde, como decíamos, engordarán hasta convertirse en futuros jamones, chorizos, chuletas y carne de cocido. Suena a manjar, pero también resulta triste para ellos y para el que los ve: pequeñitos, asustadizos, gregarios y simpáticos. Pero parece el destino cruel, pero apañado, de este animal, por mucho que Babe, el cerdito valiente se empeñe en convertirse en perro para evitarlo, o la coqueta cerdita Peggy trate de convencernos de que su objetivo en la vida es convertirse en una ‘superstar’. 
 
¿A que son simpáticos?
 

viernes, 6 de julio de 2012

Tierra de Campos: Del verde al amarillo



El verde. Imagen tomada en primavera cerca de las Lagunas
de Villafáfila, en la Tierra de Campos zamorana

Hagamos un juego. Cierren los ojos y piensen en Tierra de Campos. ¿Qué color ven? Muchas personas seguro que piensan en amarillo; un amarillo seco, pajizo, incluso polvoriento. En hectáreas y hectáreas de tierras sembradas de cereal, en mares aburridos de trigo que -muchas veces no nos paramos a pensar- darán su fruto en un goteo constante a lo largo de las próximas semanas y nos ‘regalarán’ rico pan, bizcochos, sobaos, bollos… y no quiero seguir porque se me hace la boca agua.

Durante mucho tiempo, yo también tenía esa imagen de anodina meseta, festoneada por barbechos y aderezada por algún palomar aquí y allá. Pero la desterré de mi mente hace ya muchos años, un día que pasé por Sahagún y me di cuenta de que el trigo era… ¡¡verde!! Un verde brillante y húmedo que hacía juego con el azul azulón del cielo y las amapolas. Cierren los ojos de nuevo, ¿a qué se lo imaginan? ¿Y a qué apetece? Es el dibujo naif de un campo bajo un sol radiante que tantas veces dibujamos siendo niños.

Un día hablando con mi amiga Carmen, que es de Burgos pero reside en Asturias, me dijo que le gustaba ese paisaje que se encontraba camino de casa. De la casa de sus padres. Y si no recuerdo mal, me comentó que le relajaba, que le gustaban los montes de Asturias, tan verdes, tan altos y tan escarpados, pero que a veces la meseta castellana le sosegaba después de semanas de vivir entre paisaje abrupto.

Algo parecido les debió pasar a algunos escritores españoles de la Generación del 98 y generaciones posteriores, que cantaron a Castilla como esencia de lo español. Cuando de niña estudiaba en el colegio a Azorín y Antonio Machado, me llamaba la atención que les sorprendiera e, incluso, que ensalzaran un paisaje que tantas veces había visto sin inmutarme. Quizás, como a Carmen, a los escritores también les sosegaba.


El amarillo. Cerca de allí, en Villafáfila pueblo, los campos teñidos
de amarillo hace apenas una semana, a finales de junio.

Este año se cumple el primer siglo de Campos de Castilla, el poemario de Machado que constituye una de sus obras cumbres, sino la que más. Una colección de versos que a todos nos resultan familiares y que ha llevado a muchas personas a aficionarse a la poesía. Porque A un olmo seco, Proverbios y cantares o La saeta, tres de los poemas más conocidos del libro, son, para muchos, una puerta accesible a la poesía. ¿Quién no entiende cuando nos hablan de colinas plateadas, álamos dorados, tardes tranquilas, montes de violeta, yermo castellano, sombrías huertas…? Pues si le llegan estos versos, seguro que también comprenderá la belleza del paisaje castellano. Porque es así: simple, directa y llana.

He oído que Machado publicó el libro a finales del mes de junio, por San Pedro (29 de junio), cuando por lo general recogen el trigo en las tierras de secano, al menos en Castilla y León. Su esposa, su amada Leonor, enferma como el olmo viejo, casi no llega a la recogida en las de regadío, aproximadamente por Santiago (25 de julio). Falleció el 1 de agosto. Y el corazón de Machado se quedó esperando «hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera».

Su vida siguió, en su caso quizá mutilada, como lo hizo el ciclo del campo. Trilla, arado, siembra y vuelta a empezar. Al verde. Y perdónenme la poesía, pero, de vez en cuando, no está de más un poco de sosiego.

domingo, 24 de junio de 2012

El barbecho, un descanso productivo


Ralvar, binar, terciar… y hasta algarrobar. El barbecho, la técnica milenaria de dejar de sembrar la tierra durante uno o varios ciclos vegetativos con el fin de que recupere y almacene materia orgánica y humedad, exige una serie de labores agrícolas. Es un descanso activo para las parcelas y un esfuerzo en la sombra para el agricultor que dará sus frutos en años venideros. Porque, ya lo dice el refrán, ‘Tierra holgando, pan está dando’.  


Una tierra de labor en barbecho.

Seguro que a todos les suena lo que es un barbecho. En cualquier caso, no está de más recordar que el Diccionario de la Real Academia Española lo define como aquella “tierra labrantía” que “no está sembrada durante un tiempo para que descanse”.

Es probable que, como yo, muchos pensaran que, durante ese período, la tierra estaba descansando, pero descansando de verdad, inactiva, inoperativa, como inerte y sin vida. Sin embargo, durante ese tiempo podríamos decir que la tierra se está regenerando, está en una especie de ‘descanso activo’, tan productivo como el sueño reparador para un organismo cansado. De hecho, el fin del barbecho es darle un respiro a la tierra para que durante ese tiempo recupere y almacene humedad y materia orgánica.

El barbecho es, por tanto, necesario y aconsejable. Igual de aconsejable es la rotación de cultivos, una práctica habitual que hace que, por ejemplo, en una parcela donde un año nos encontramos trigo, al año siguiente haya remolacha y al tercero maíz. De hecho, hay cultivos que son beneficiosos para mejorar el tempero. Así, interpretando otro sabio refrán, ‘De no abonar, algarrobar’, nos indica que esta vaina humilde, pero energética, mejorará la simiente en años venideros.

El hecho de que una tierra esté en barbecho no significa que durante ese tiempo de ‘descanso’ no haya que someterla a cuidados y trabajos agrícolas. Hay que arar las parcelas y, además, hacerlo a tiempo. Seguramente los trabajos y los momentos del año en que se realizan dependerán del país y la comunidad autónoma donde nos encontremos y de si la tierra es de secano o regadío. En esta zona, en el noroeste de Castilla y León, tienen la costumbre de arar las tierras de barbecho para quitarles las malas hierbas en marzo.

A esta primera arada la llaman ralvar. El refranero (‘Quien ralva en mayo rabia en el verano’) desaconseja no retrasar esta labor. De otro modo, el agricultor se encontrará con cosechas mermadas. Ya no les digo si se duerme en los laureles y la deja para el último mes de la primavera: le costará menos y se recreará en la labor, porque se encontrará con un terreno con tempero gustoso de trabajar, pero no podrá pedir peras al olmo. ‘Quien ralva en junio, arada muy bonita, trigo ninguno’. A la segunda arada se le llama binar y suele llevarse a cabo en julio. Incluso hay algunos agricultores que dan una tercera reja, terciar se llama, con el fin de que la tierra quede más fina.

Por tanto, a partir de ahora, cuando vean una tierra sin sembrar, no piensen que está baldía o desocupada. En muchos casos, será así. En otros, estará en barbecho, descansando y recuperando humedad para el año siguiente. Tampoco piensen que estas semanas sin artículos en El Espantapájaros Blog Rural han sido improductivas. Perdonen, eso sí, la sequía de artículos. Pero es que, como las tierras, estábamos ‘en barbecho’.

sábado, 26 de mayo de 2012

Ovejas 'cortacésped'

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El diccionario de la Real Academia Española define simbiosis como «asociación de individuos animales o vegetales de diferentes especies, sobre todo si los simbiontes sacan provecho de la vida en común». Esta semana hemos sido testigos de una simbiosis entre la vida rural y la urbana: un rebaño de 400 ovejas ‘limpiará’ durante aproximadamente un mes el Parque del Agua de Zaragoza. El pastor se ahorra el forraje y el ayuntamiento de la capital aragonesa, 6.000 euros en tareas de limpieza, abono y adecuación del terreno. Todos salen ganando con esta iniciativa que, aunque nos puede resultar novedosa, es habitual en el campo, donde muchas veces los rebaños comen los restos de la cosecha. Ellas se alimentan  'de gorra' mientras limpian el terreno al agricultor.



Las ovejas pastan en el Parque del Agua de Zaragoza. / FOTO: Red Aragón
No, no es tan extraño ver un rebaño de ovejas en la ciudad. Cada año contemplamos en los medios de comunicación imágenes de las que atraviesan Madrid en la llamada Fiesta de la Trashumancia. Lo que es raro es ver a una sola y, además, atada de una cuerda como si fuera un perro. Yo la vi en Oviedo, un día que iba al trabajo. Como acababa de comer y todavía estaba despertando de la modorra digestiva, no me creía lo que estaba viendo: un hombre paseando una oveja, como el que pasea un perro. Volví a mirar por si la había confundido con un caniche, pero no: era una oveja. Ahora la escena, lejana en mis recuerdos, vuelve a mi mente como una fantasía onírica, y por absurda, la confundo con un sueño.

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Estos días, los zaragozanos pueden contemplar a un rebaño de ovejas a diez minutos del centro de la ciudad, a la sombra de los edificios construidos para la Expo 2008. Y esto no es un sueño. Desde esta misma semana, unas 400 reses pastan a sus anchas en el soto del Parque del Agua. Como su director, Rodolfo Soler, comentó en el programa España Directo de Radio Nacional de España (puede escucharlo en el minuto 08:24 del podcast), el objetivo de la iniciativa es acercar la ganadería a los usuarios del parque, pero también llevar a cabo un corte ecológico de la hierba. Vamos, que las ovejas hacen de cortacésped y permiten la regeneración del parque. En una primera pasada, se comen lo mejor. Porque como dice su pastor, José Pellejero, «hablar no hablan, pero saber, saben mucho»­. En la segunda, acaban con lo que han dejado en la primera. En total estarán unos 20 días porque si estuvieran más tiempo el soto se agostaría.

Con esta iniciativa, el pastor se ahorra el forraje y el ayuntamiento de la capital aragonesa, 6.000 euros en tareas de limpieza, abono y adecuación del terreno. Antes tenían que cortarla con medios mecánicos y llevarla al vertedero. Ahora, con las ovejas ‘cortacésped’, se evitan esos procesos y su consiguiente impacto medioambiental. Y no sólo eso. Además de comer la hierba, las ovejas, con sus pisadas, asientan el terreno y, con sus excrementos, lo abonan y fertilizan de manera ecológica. También, al comerse la maleza acumulada, evitan incendios, como publica El Heraldo de Aragón. En fin, que todos ganan con esta iniciativa, que ya se había llevado a cabo en octubre y que, vistos sus resultados, el Parque del Agua piensa repetir y mantener en el tiempo.
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Vamos, que no es tan descabellado cambiar el cortacésped por una cabritilla, algo que, entre bromas, nos habíamos planteado. Te evitas un trabajo, no consumes energía, tienes leche y, si me apuras, buena compañía. Aunque, como dice el pastor, no hable…

Pero ni esta idea ni la iniciativa aragonesa son nuevas. Así fue siempre el ciclo agrícola. Como una perfecta simbiosis, muchas veces los labradores acuerdan con los pastores que estos lleven su rebaño a ‘limpiar’ el terreno tras la cosecha. O les compran el abono para usarlo como fertilizante natural. Todos ganan en el cambio.

Probablemente uno de los que más partido le sacó fue un señor de la zona de Benavente que, según me han contado, hizo algo parecido en Suiza. Como tantos emigrantes, trabajaba en una fábrica. Pero sólo a él se le ocurrió, llevar a pastar a un rebañito a los jardines cercanos a la factoría. Las ovejas cortaban el césped y él las criaba gratis. Y así reunió dinero para cumplir su sueño de comprar un negocio a su vuelta a España. El cuento de la lechera, pero, en este caso, con final feliz.

domingo, 20 de mayo de 2012

El milagro de ser madrileño y agricultor


Procesión de San Isidro en Madrid. /WIKIPEDIA
 
Si bien es verdad que, en España, el día del año en el que, probablemente, coinciden más fiestas es el 15 de agosto, día de la Asunción de la Virgen, no es menos cierto que el 15 de abril no hay pueblo que se precie que no festeje San Isidro Labrador. No será la fiesta grande, de acuerdo. Pero la celebración del patrón de los agricultores paraliza la rutina diaria de la zona rural, con bendiciones de los campos, romerías, misa mayor y/o procesión en su honor. ¡Pobre del que se le ocurra levantar un azadón o mover un tractor coincidiendo con los fastos! A esa hora toca rezar al santo. Porque, en el campo, siempre hay algo que pedir: si no es lluvia, será sol. Y si no, que sigamos igual, que no es poco. 

Siempre me llamó la atención que San Isidro, patrón de los agricultores, sea oriundo y patrón de una gran ciudad: de Madrid. Así, de primeras, resulta contradictorio. Pero no lo es tanto si pensamos que a finales del siglo XI y principios del XII, cuando vivió San Isidro, Madrid no era la gran urbe que es hoy. De hecho, poco después de nacer el santo, fue reconquistada a los árabes y constituía un núcleo con una medina musulmana y poco más.

San Isidro, cuando todavía era un modesto labrador llamado Isidro de Merlo y Quintana, se casó con María, luego convertida en Santa María de la Cabeza. Ambos eran muy píos, grandes oradores, y, dicen, eso dio más trabajo de la cuenta a los ángeles. De hecho, según nos ha llegado de generación en generación, araban las tierras mientras San Isidro rezaba. La versión que aparece en sus actas de canonización es otra: Juan de Vargas, amo de San Isidro, vio cómo los ángeles le ayudaban a arar más rápido tras haberse detenido anteriormente a rezar en todas las parroquias por las que pasaba camino del trabajo. En definitiva, unos se entretienen tomando café, otros echando un cigarro, otros en las tragaperras y San Isidro, rezando. No es el único milagro atribuido al santo. Cuentan que su hijo Illán se cayó a un pozo y, gracias a sus rezos –de nuevo-, las aguas subieron de nivel y pudieron rescatarlo.

 San Isidro era un labrador
muy pío y cuentan que un
día, mientras estaba rezando,
los ángeles araron por él
 

Un día los milagros ya no pudieron salvarle y su vida llegó a su fin. Como era muy pobre, le introdujeron en una humilde caja de madera y le enterraron en el cementerio de la parroquia de San Andrés. 40 años después, los prodigios que realizó en vida y que seguían corriendo de boca en boca, llevaron al pueblo a pedir que se exhumara su cuerpo y se enterrara en el interior del templo. Así se hizo, y para sorpresa de todos, se encontraron con que el cuerpo se encontraba entero, incorrupto. El Rey Alfonso VIII, al volver de guerrear en las Navas de Tolosa, ordenó que sus restos fueran colocados en un arca bellamente policromada con las escenas de su vida.

Con este curriculum, Isidro se ganó la beatificación en 1619, con grandes fastos conmemorativos que incluyeron la inauguración de la Plaza Mayor de Madrid. En 1622 fue canonizado junto con otros conocidos santos como San Felipe Neri, Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Ahí es nada. Y en 1657, junto a la capilla de San Andrés, comenzó a levantarse la de San Isidro, que guarda los restos del santo. En 1789, año que les sonará por la Revolución Francesa, Carlos III ordenó que la urna fuera instalada en el antiguo Colegio Imperial, que se llamó desde entonces Iglesia Real de San Isidro. 

Con todos estos hitos, tan ligados a la historia y al patrimonio de la Villa de Madrid, me queda claro que San Isidro se haya merecido ser su patrón. Y con su historial de milagros, que sea referente para los agricultores. Porque, muchas veces, necesitarían la ayuda de los ángeles en su día a día para obrar el prodigio de seguir adelante, atosigados como están por los caprichos meteorológicos, los reducidos precios agrícolas y los altos costes de producción.   



domingo, 13 de mayo de 2012

«Siembra perejil en mayo..»


... y tendrás para todo el año».
Paracelso, ese ilustre médico y químico suizo de nombre clásico, dijo en su día que el veneno está en la dosis. Bueno, lo mismo, pero con una frase más rimbombante: «Todo es veneno, nada es sin veneno. Sólo la dosis hace el veneno». Y el perejil, o al menos ciertas clases, es venenoso si se toma en grandes cantidades. De pequeña me lo dijeron y se me quedó grabado a fuego, supongo que porque me resultaba chocante que un condimento culinario que mi madre y todas las madres utilizaban con tanta frecuencia pudiera llegar a ser tóxico. En realidad son más sensibles ciertas personas y los animales. Un granjero te dirá que ni se te ocurra dar de comer perejil a los conejos. Él, por si acaso, no experimentará.

Mientras tanto, los cocineros, los cocinillas y las madres del mundo siguen ‘matándonos’ poquito a poco. Es un decir… Tienen margen: no creo que podamos comer, en toda una vida de salsas verdes, tal cantidad de perejil como para conseguir machacar nuestro hígado.

Recuerden, utilícenlo en pequeñas dosis. De hecho, yo tengo una maceta en la terraza y no doy abasto para terminarlo. Creo que ya les he hablado de lo grato que resulta tener perejil fresco siempre a mano.  Porque, como diría Arguiñano, con perejil, cualquier guiso sabe “rico, rico”. Y se lo repito ahora que es el momento de plantar perejil, porque, como dice el refrán, ‘Siembra perejil en mayo y tendrás para todo el año’.


Semilla obtenida de la flor del perejil.
La grana se obtiene de la flor del perejil. Se recoge, se muele y se le quitan las impurezas. Si no cuenta con esa posibilidad, no tiene excusa, porque puede comprar las semillas en droguerías y tiendas especializadas. Una recomendación consiste en meter durante un día las semillas en agua porque facilita su posterior germinación. 


PRIMER PASO: Remover
bien la tierra.



Pasado ese tiempo, remueva bien la tierra donde va a sembrar el perejil. A continuación, vierta el agua con la semilla y remueva de nuevo. Finalmente, riéguelo. Y no se olvide de echarle agua con regularidad, antes y después de nacer el fruto. No sea impaciente: tardará sólo dos o tres semanas en brotar, dependiendo de la temperatura. Cuanto más benigna sea, menos le costará. Es una planta que necesita sol, aunque, en mi opinión, una excesiva exposición puede ser perjudicial. Si se ha fijado, suele colocarse junto a las tapias o a la sombra de un seto.
 

SEGUNDO PASO: Verter el
agua con la semilla.
Cuando vaya a utilizar el perejil, es importante que no lo arranque porque, entonces, se llevará por delante la raíz y ya no brotará más. Tiene que cortarlo a un dedo de donde nace, y así seguirá dando perejil hasta el año siguiente. Porque es una planta herbácea muy generosa; no para de dar fruto. Y muy sana, ya que es rica en vitaminas A, B1, B2, C y D. Eso sí, siempre que se consuma en crudo, ya que su cocción elimina sus propiedades. Por eso recomiendan cocinarlo levemente para que conserve su riqueza y su aroma.


TERCER PASO: Regar.
En infusión es un magnífico diurético. Algunos herboristas recomiendan tomar un té de perejil para regular la hipertensión. Cuenta Wikipedia que los indios Cherokee lo usan como medicamento tónico para mejorar el rendimiento de la vejiga. Dicen que también es un buen agente blanqueador para las manchas de la piel y las pecas producidas por el sol. Pero recuerden, sin pasarse. Si bien es verdad que algunos especialistas dicen que no todos los tipos de perejil son tóxicos, yo, por si acaso, no me la jugaría. Experimentos con gaseosa.